noviembre 08 2016 0Comment

100 Metros, la ultima película de Rovira y Elejalde

La historia de superación que nos cuenta la película 100 metros deja un guiño a la marihuana como herramienta para el concepto lúdico pero también curativo de un afectado por esclerosis múltiple que decide hacer un Ironman.

El efecto Kuleshov es una de las herramientas más poderosas del lenguaje cinematográfico. Esta fórmula básica del montaje, utilizada desde el origen de la disciplina, genera una semántica entre las imágenes. Así, si tras una sonrisa afable interpretada por un anciano aparece una madre jugando con su bebé, entendemos que el señor es un enternecedor viejecito; sin embargo, si tras el plano de la sonrisa del mismo hombre aparece una joven en bikini poniéndose protector solar, pensamos que es un degenerado. Es así de sencillo, así de efectivo y así de potente. Entonces, ¿qué puede suceder si ese efecto tiene como imagen entrelazada a la marihuana medicinal en mitad de una historia de sufrimiento físico y superación tan grande como la que aborda la recién estrenada 100 metros?

Este viernes llega a los cines de toda España la nueva película de Marcel Barrera, el director del magnífico documental Món petit (2012). Interpretada por Dani Rovira, Karra Elejalde y Alexandra Jiménez, 100 metros fusiona la increíble historia de Ramón Arroyo, un padre de familia treintañero que se topa con una realidad inabarcable: tiene esclerosis múltiple. De la noche a la mañana, es un caso crónico, sabe que su movilidad se irá viendo reducida –no andará ni los dichosos 100 metros- y que cuanto haga tendrá como respuesta una enfermedad degenerativa. Sin embargo, Ramón contradice los preceptos y, apoyado por su mujer y su suegro, acaba enrolándose en el mundo del triatlón primero, para más tarde completar un Ironman: 3,86 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de carrera a pie en una sola prueba, sin descanso.

La historia de Arroyo es la de un héroe cotidiano y los ingredientes de 100 metros son excelentes desde su guión para un público ávido de historias honestas, próximas en sus detalles y profundamente enriquecedoras. Todos esos valores tienen una baza innegable en la química de Rovira y Elejalde que reeditan y elevan su idilio interpretativo de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014). Precisamente fue en el rodaje de Ocho apellidos catalanes, tal y como descubría a Nekwo el actor malagueño, cuando Elejalde le habló del proyecto: “en Filmax pensaron que debía estar haciendo ‘cosas más importantes”, pero en cine qué hay más importante que hacer un proyecto como este”. La dupla se reeditaba, aunque con el handicap sobradamente salvado de que para Rovira este sería su primer papel dramático. Elejalde, su suegro, el cascarrabias al que su mujer se le había muerto y que acaba ejerciendo de entrenador personal y clave para que el protagonista alcance sus inimaginables metas.

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